RESIDENCIA

(Pintura de Pierre Bonnard)
RESIDENCIA
Presioné suavemente el timbre de aquella casa ubicada en un barrio residencial de Santiago. No sé si sudaba por el calor agobiante del verano o porque cuando la puerta de la casa se abriera pasaría a ser parte de otro mundo, de una casta irracional, que por alguna razón se encontraba allí. Sabía que al traspasar este umbral me estaba sometiendo a un cambio.
Apenas me sostenía en pie, estaba muy delgada, había sufrido mucho y a pesar de que este dolor me había llevado a límites extremos, quería terminar con esto y dar un vuelco a mi vida.
Después del umbral había una sala de estar oscura, lúgubre, tuve que esperar unos minutos mientras llenaban unas formas de ingreso. En ese momento quería escapar, correr y ver nuevamente el cielo azul, sentir los rayos del sol quemándome, pero no fue así. La decisión la había tomado sin presiones y me quedaría aquí el tiempo que fuera necesario.
Terminados los formularios de la parte administrativa, me condujeron por una estrecha escalera al segundo piso, entramos a una habitación que tenía dos camas separadas por un velador y al pie de la cama un closet. A pesar de mi estado casi febril pude notar que las ventanas tenían barrotes, sabía que no iba a ser fácil, que tenía una dura batalla por delante.
Me tiré en la cama, contemplé el techo blanco, seguí mirando el resto de la habitación, era toda blanca incluso la cubrecama. Pensé en esos pequeños que se habían quedado bajo ese cielo azul, rodaron algunas lágrimas por mis mejillas, me reconfortó saber que aún eran muy pequeños y no podían darse cuenta por lo que había pasado y estaba pasando.
De pronto entró una mujer de delantal blanco con una bandeja en las manos, amablemente me pidió que me desvistiera y me pusiera el pijama. Obedecí como un niño abrí las tapas de la cama y me zambullí entre las sábanas blancas. Me tomó suavemente el brazo y me fue explicando en qué consistía el tratamiento.
Dormí por cuarenta y ocho horas alimentándome por suero, una vez de vuelta a la conciencia lo primero que sentí en mi rostro fue un rayo de sol, desvié mi vista hacia la ventana y pude ver otra vez ese cielo maravilloso que tantas veces me lo había negado.
Ayudada por la mujer de blanco me bañé y me vestí. Luego me condujo por esa escalera estrecha hacia el comedor. Miré a mí alredor, habían mujeres y hombres de distintas edades. Pedí salir al patio, siempre ayudada por esta abnegada mujer ya que mi condición física no me permitía moverme por sí sola. Era un gran patio con muchos árboles y flores, al fondo se veía un largo parrón, me senté en un banco, mi mente estaba confusa, no podía hilar con facilidad. Dirigí mi vista hacia la mujer de blanco que estaba a poca distancia, traté de levantarme del banco y me tambaleé, estaba muy débil, ella se acercó me dijo que no me esforzara, que ella estaba allí para ayudarme. Le pedí un cigarrillo, quería serenarme, me respondió que no estaba autorizada y ante mi insistencia cedió sin antes advertirme que tendría que consultarlo, se lo agradecí y silenciosamente aspiré mi cigarrillo.
Seguí con mi rutina de observarlo todo.
Me maravillaba la vegetación, un picaflor que trataba de sorber el néctar de aquella flor que se le ofrecía generosamente. Pensé que quizás nunca antes había encontrado un paisaje tan bonito a pesar de estar recluída en una casa de ventanas con barrotes.
Los días transcurrían lentos, evitaba entrar en detalles con las demás internas, frecuentemente me aislaba, pensaba en lo que había dejado afuera y cómo sería a mi regreso.
Físicamente iba progresando, pero algo se había roto en mí y eso no lo superaría con unas cuantas pastillas. Mi vida había quedado suspendida, me perdí tanto en entender, en tratar de buscar mis fallas, me hacía miles de reproches que al instante los desechaba.
Mi mente estaba convulsionada y dejar que se adentraran en ella, que escudriñaran en mi dolor no lo permitiría. Podrían darme pautas a seguir pero arraigar este dolor eso no lo conseguirían.
Seguí dócilmente las instrucciones allí impuestas pero también me sumergí en mis pensamientos, quería tener claridad al momento de traspasar el umbral que me había acogido.
Llegó el momento, debía enfrentarme a una nueva vida, el dolor continuaba y supe que tenía que asumir con valentía.
16.04.02


4 Comments:
Y todo vuelve a estar bien. Un aprendizaje necesario. La experiencia da sabiduría.
Abrazos grandes.
Qué precioso cuento. Te felicito por escribirlo y compartirlo.
Esa es una experiencia engrandecedora.
Muchos saludos.
Es un vicio esto de leer tus cuentos...hay tratamientos para eso?
Muy lindo lo que cuentas. Y mucha fuerza se ve en esas letras.
Saludos.
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